El narcosiglo XXI


El narcosiglo XXI

Los Tiempos – Oh – 24-02-08

Textos | Rafael Sagárnaga

NARCOTRÁFICO | El negocio se adaptó por adelantado a los años 2000 y a la globalización. Los capos son invisibles. La oferta de drogas presenta innovaciones, pero mantiene lo “tradicional” con nuevos mercados. Desata guerras, sacude las bolsas y alienta un debate sin salidas felices. Se muestra más incontenible y omnímodo.

Es una guerra perdida, se asegura” dijo el presidente Vicente Fox el 8 de mayo de 2006. En ese tiempo, el gobierno mexicano estuvo a punto de legalizar el consumo de cocaína y heroína en dosis menores, agobiado por los problemas del narcotráfico. Una gestión intensa de las autoridades estadounidenses frenó la intentona en el tiempo límite. Temían un éxodo de consumidores hacia su frontera sur.

La guerra contra las drogas, como está planteada, es un fracaso. Cada día es más evidente la urgencia de reemplazarla por una estrategia global más coherente, que asuma el consumo como una cuestión de salud pública y no sólo de policía”, advertía un editorial del prestigioso diario colombiano El Mundo. La postura surgió hace dos años cuando la guerra antidrogas generó una crisis social y ambiental con las fumigaciones de plantíos de coca.

Mientras, las evaluaciones de lo que sucede en EEUU no dicen nada muy halagador. A 30 años de iniciada la guerra contra las drogas, nada parece frenar el negocio ni sus consecuencias dentro ni fuera de sus fronteras.

El imperio del narcotráfico marca al siglo en curso. El negocio en sí mismo mueve alrededor de 800 mil millones de dólares, según las estimaciones de la propia Organización de las Naciones Unidas. La cifra suma poco menos que el equivalente a las ventas de las cuatro principales transnacionales del planeta juntas. Es decir, tanto como las petroleras Exxon Mobil, Shell, British Petroleum y la automotriz General Motors (GMC), pero con mayores réditos. Las ganancias mundiales derivadas del narcotráfico ascienden a 322 mil millones de dólares anuales. Ello representaría ingresos más altos que el producto interno bruto de 88 de los países menos ricos del mundo.

Al igual que el petróleo y las petroleras, el narcotráfico de los años 2000 desata guerras en toda la acepción de la palabra. Los gobiernos de Brasil, Perú y especialmente México y Colombia enfrentan a sus fuerzas militares contra ejércitos armados por los narcotraficantes en irresueltas disputas por territorio. Durante babélicas batallas, la delgada línea blanca la cruzan desde guerrillas izquierdistas hasta organizaciones paramilitares de ultraderecha.

Mientras, EEUU —que en los papeles encabeza y pierde la guerra global contra las drogas— se ve forzado a medir con dos varas al mundo. La primera potencia debe cerrar los ojos en Afganistán que produce el 83 por ciento de la heroína planetaria. Al igual que toleró a decenas de narcodictadores latinomericanos durante los tiempos de la Guerra Fría, hoy calla ante sus narcoaliados en su paralela guerra contra el terrorismo. En la otra balanza, al sur del río Bravo, inmerso en su lid antidrogas, manda dinero y armas a México y Colombia.

El Gobierno de George W. Bush ha comprometido alimentar esas dos guerras latinoamericanas con más de 7.000 millones de dólares en un lustro. Sin embargo, las ganancias anuales de los socios colombianos y mexicanos, sólo de la frontera norte, superan los 8.300 millones.

En ese tan contable como virulento marco, el negocio de los estupefacientes se ha puesto a tono con el aún nuevo siglo. Los capos clásicos de los cárteles empiezan a ser cosa de la prehistoria. Las rutas funcionan en sus particulares TLC especialmente en Sudamérica y África. El producto presenta sus grandes innovaciones, pero al mismo tiempo conserva a sus viejas estrellas. El mercado de consumidores suma ya aproximadamente 200 millones y, una vez que alcanzó su tope en EEUU, avanza aceleradamente hacia Europa.

“En el siglo XXI los capos y “padrinos” tienen un renovado perfil. Ya no se observa en la proclamación de sus jefes como candidatos o actores políticos, tal como ocurrió en la década de los 80 con el colombiano Pablo Escobar o con el boliviano Roberto Suárez Gómez. Tampoco en su rimbombante ambición de adquirir tierras y empresas. No, ahora los capos se han progresivamente invisibilizado”, dice la analista mexicana Mónica Godoy. Luego explica que su labor se concentra en la corrupción de mandos altos, medios y bajos en la política, los deportes, las empresas, y de todo lo que pueda esconder el dinero mal habido. Al mismo tiempo impulsan desde booms de juegos de azar hasta poderosas fundaciones sociales o religiosas. Luego proceden pacientemente a “lavarlo” sin sospecha.

Las narcoganancias ya no son tratadas como plata de bolsillo de unos pocos jefes, sino como capital empresarial de varias compañías. Ya el control de envíos y entregas se hace vía Internet. Las inversiones ya no las elige el campesino, político, “consultor”, policía o militar “nuevo rico”, sino profesionales banqueros. Se trata de ésos que conocen de memoria el funcionamiento de las bolsas de Buenos Aires, Bogotá, Tokio o Nueva York.

“Incluso hay un recambio generacional pues sobra recordar que nietos de los padrinos de los años 80 estudiaron en Harvard, Princetown o en MTI. Sin duda, varios bisnietos tienen también un futuro académico – empresarial asegurado”, ha señalado Catherine Austin Fitts, ex secretaria Adjunta de Vivienda, del Comisionado Federal de Vivienda en la primera administración Bush.

En el otro frente, la DEA, como las agencias antidroga de Europa y Asia, hoy reclutan personal que cuente con al menos cuatro años de universidad. El 40 por ciento de sus empleados tiene especializaciones en banca e informática.

En suma, los traficantes de drogas y quienes blanquean los ingresos, asimilaron aplicadamente los fenómenos vinculados con la fase actual de globalización. Se enteraron primero de la reducción de los costos de transporte y la proliferación de conexiones marítimas, aéreas y terrestres. Asimilaron la aceleración del comercio mundial y la unificación progresiva de mercados financieros mediante la informatización de transferencias electrónicas y la utilización de paraísos fiscales. Es más, los traficantes de drogas celebran también la difusión de técnicas agrícolas y químicas y, en general, la interdependencia creciente de los países.

Y así, en el siglo reservado para la Odisea Espacial, los tours de las drogas y su dinero cruzan todo el globo terráqueo. La mercancía, navegando en una parte de las cajas de los grandes contenedores industriales o haciendo fila junto a los millones de emigrantes, viaja. Proyecciones basadas en datos de la DEA señalan que de 900 toneladas producidas anualmente en todo el mundo, 595 van a Estados Unidos. Mientras tanto, 213 van hacia Europa y 82 se quedan en América Latina.

Por ello, la droga cotidianamente parte del centro del Cono Sur y del interior centroamericano hacia el Caribe y de allí hacia México o, directamente, EEUU. En otras rutas busca puertos del Atlántico o la punta del Pacífico y se embarca rumbo a Marruecos, Nigeria o Guinea Bissau, escala previa hacia Europa. De puertos brasileños parte hacia Líbano, punto de redistribución para Oriente Medio y parte del Asia.

Todo ello, al margen de los circuitos del triángulo asiático del opio y también de algo propio de la nueva centuria: los mercados internos de drogas sintéticas o las místico artesanales, desarrolladas dentro de las principales capitales de Europa o EEUU.

¿Y qué ofrece el narcotráfico en el siglo XXI? Los vendedores de drogas combinan lo “tradicional” con mercancía sofisticada o exótica. Entre lo nuevo cuentan, por ejemplo, cada vez más renovadas formas de las otrora pastillas de éxtasis o, en términos científicos, 3-4 metilendioximetanfetamina. En Europa, en 2007 marcó época por ejemplo el “cristal auténtico” o “súper eme”. Valuado en 130 euros el gramo y vendido en forma de pequeñas piedrecillas, es producido especialmente en laboratorios holandeses.

Otro auge de los 2000 parece establecerlo el GHB o gamma hidroxibutirato. Un anestésico depresor mal llamado “éxtasis líquido”. Se lo vende en pequeños frascos a 70 dólares, es inodoro e incoloro. También un anestésico, usado otrora por los veterinarios, marca la tendencia: la ketamina; “keta” o “K”, para los consumidores.

La perspectiva de este tipo de sustancias ya ha desatado importantes alertas. Según el primer informe elaborado por la ONU (Estimulantes anfetamínicos, una revisión global ), “las drogas sintéticas se convertirán en el siglo XXI en uno de los peores enemigos de la salud pública a escala mundial”. El consumo podría adquirir carácter epidémico y constituir un riesgo mucho mayor que drogas clásicas hoy como la cocaína, los opiáceos y el cannabis. El estudio fue realizado por 50 expertos de 30 países.

Pero hay más novedades: las drogas exóticas. Tienen venta extendida, especialmente en EEUU los hongos alucinógenos. Se basan en círculos cerrados de cultivadores y consumidores interconectados por chats y correos electrónicos.

Sin embargo, todavía ninguna de las anteriores ha hecho mella en el negocio de la cocaína. Baste señalar el índice de admisiones en centros médicos para abuso o dependencia de drogas de España. En 1995, 5,6 por ciento de los casos correspondía a la cocaína, en 2005, la cifra se elevó a 46,9 por ciento.

Las drogas sintéticas tampoco han sido freno para lo que los expertos califican como el regreso de la heroína o “rebujao”. Su retorno se basa en la sobre oferta afgana. Mientras, la marihuana mantiene su presencia en el siglo XXI, pero con una variación: es conocida como “la droga de los escolares”.

Y el circuito se completa con el o los prototipos de los clientes. Ese 0,5 por ciento de la población mundial (200 millones) que consume drogas ilegales. El eje del negocio se basa en los compradores que sólo pagan por la mercancía. También cambiaron de perfil. Por lo menos durante los primeros años de trato, visten con corbata, trajes de moda, maletín ejecutivo, celular de última generación, y cuentan con tarjeta de crédito preferencial. El siguiente artículo de su voracidad consumista se llama droga.

En el extremo opuesto de la cadena se hallan los otros drogadictos. Se ven forzados a traficar para consumir sobras tóxicas del artículo de exportación. Deambulan en algún confín de una barriada de distribución o una villa de los países productores.

Se prevé que sólo el consumo de drogas causará en el resto del siglo cerca de 50 millones de muertes. El debate sobre la despenalización tiene aires de pronóstico reservado y sin salidas felices.

Las dos drogas legalizadas hace décadas en el mundo, el tabaco y el alcohol, matan al menos 100 veces más consumidores que las sustancias ilegales. En un informe de enero de 2008, la Organización Mundial de la Salud estima que en la centuria, la primera acabará con 1.000 millones de vidas. Para mayores reflexiones, en los espacios y regiones donde el cigarrillo ha sido prohibido recientemente, la demanda disminuyó hasta en un 30 por ciento. Pero la compleja polémica queda en manos de los grandes y ya no muy confiables poderes políticos del planeta.

A poco de iniciarse la nueva era, en 1998, William Colby, quien fuera durante décadas director de la CIA declaró: “Los carteles de la droga han estirado sus tentáculos de modo mucho más profundo en nuestras vidas de lo que cree la mayor parte de la gente. Es posible que estén tomando las decisiones a todos los niveles del gobierno”.

(Con datos de El País, Agencia Cedro, Milenio, Narco News y Agencias.

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